En Primera Persona: un artista de Puertas del Bajo

Daniel Herce se recuesta sobre la baranda de la terraza, en un cuarto piso, desde la que domina las barrancas verdes minadas de casonas. Casi un paraíso al que se llega por una angosta escalera de madera que atraviesa su mundo: el taller, el dormitorio. En cada ambiente sus pinturas desbordantes de colores. Desde la vereda de Obarrio 2001, un árbol acompaña el ascenso, cuyas ramas se filtran en las ventanas de la planta baja y asoman en ese último piso. Es sábado, el primer día de Puertas del Bajo.

“Llega gente con distintos intereses. Hay una gran diversidad, desde una señora que vino desde Martín Coronado y estudiantes de bellas artes que te preguntan más sobre la técnica o los materiales hasta un arquitecto que puso la atención más en la casa que en la obra pictórica”.

“Lo mío, definitivamente, no es pintar durante Puertas del Bajo. Necesito de otros tiempos para producir obra, de una intimidad a la que no podría acceder trabajando con la gente girando a mí alrededor. La pintura es para mí como una forma de meditación y, a la vez, una constante toma de decisiones importantes que requiere de su espacio”.

-¿Elaborás o preparás obra especialmente para Puertas?

-Yo soy artista, trabajo de eso desde 1997. La obra siempre está… Lo más bonito de Puertas es abrir mi estudio, mi casa, que es como una gran galería de arte con todas sus paredes preparadas para colgar obras, con triple capa de enduido. Yo, con la ayuda de una amiga y en sólo una semana, pinté los cuatro pisos en blanco nube para estrenar en Puertas.

-¿Tenés mucha obra en exhibición?

-En toda la casa tengo más de 200 pinturas, de las cuales entre 50 y 60 están colgadas. Es una muestra muy abarcativa de mi producción. En el tercer nivel tengo lo más reciente, las pinturas que integrarán mi próxima muestra y en mi dormitorio está la histórica y parte de mi colección particular. En la planta baja están los formatos más grandes, con obras en paneles que llegan a tener hasta ocho metros de largo.

Daniel empezó a estudiar Bellas Artes a los 27 años. Se recibió en la Prilidiano Pueyrredón, pero antes pasó por la Facultad de Derecho, a la que ingresó en el convulsionado 1976.

-¿Te arrepentís de haber dejado Derecho?

-No, fue mi salvación (sonríe). Era un tipo que no tenía una vocación profunda, que no sabía bien qué hacer de su vida, que sí se apasionaba y tenía excelentes notas en las materias vinculadas con el derecho penal, pero al mismo tiempo estaba convencido de que no iba a poder estar con ladrones y robados, con violadores y violadas. No era mi mundo.

Daniel pinta desde hace cuatro décadas, por elección da pocas clases, dice que su casa es inspiradora en todos los rincones, estudió teatro y desde hace cuatro años la danza contemporánea le proporciona tanto placer como la pintura. “En la danza me hago y respondo las preguntas, y esas respuestas luego las llevo a la tela”, sostiene Daniel, que luego se detiene un instante ante la pregunta de cómo se definiría como artista.

“No me gusta definirme en ese sentido, no quiero entrar en una sola variable. Yo me guío por el entusiasmo. Sí puedo decir que mi obra me rescata. Hace muchos años empecé a pintar dos obras al mismo tiempo de tres metros por dos. Ambas en amarillo y con un personajito como de las cavernas, y una con una franja verde y otra con una azul. Estaba en uno de los momentos más felices de mi vida. Dejé las obras muy avanzadas por un viaje y al regresar me separo, muere mi abuela, el ser más querido, estaba inundado y el país explotaba. Mi ánimo había cambiado drásticamente. Pensé: Algo tiene que cambiar en la obra, no soy el mismo, pero no ocurrió, no cambió nada. La obra siguió su curso, sentí que la pintura me curaba. El arte carga de sentido mi vida. Cuando trabajás y trabajás, y sólo dejás de pintar porque estás cansado, fundido…, eso es la vocación”.

“Somos pedazos de momentos. Un gran mosaico unido por pedacitos, en la vida toda y en todo lo que hacemos. ¿Yo pinto sólo cuando estoy pintando o pinto también cuando estoy leyendo un libro revelador que me hace entender mejor las cosas? ¿O pinto cuando descanso? Yo estoy convencido de que estoy pintando todo el tiempo”.

El Bajo es su barrio desde 1982, pero también vivió en Martínez, en Córdoba, en Palermo y en Barcelona. Sus primeros proyectos en el exterior fueron en  Madrid, en la feria de arte de ARCO, pero también expuso en Barcelona, Nueva York, Italia, en los Países Bajos y en Francia. En la Argentina exhibió obra en el Museo Nacional de Bellas Artes, en el Museo de Arte Moderno, en el Centro Cultural Recoleta, en la Biblioteca Nacional, en el Museo Sívori, en el Fondo Nacional de las Artes y en la Fundación Banco Patricios,  entre muchas otras salas y organismos. Y fue premiado por el Museo Nacional de Bellas Artes y por el Instituto de Cooperación Iberoamericano de Madrid, España, entre otras instituciones.

En sus obras predomina el acrílico y el color en todas sus variantes, guiados por la impronta de la línea.

“Es muy complejo el manejo del color, que puede ser empalagoso, violento… Un amigo peruano y poeta que vive en la Argentina desde hace muchos años escribió una vez para una de mis muestras en Nueva York: El color perfuma las flores. Una gran verdad. Creo que si algo tiene mis cuadros es esa vibración intensa del color”, dice Herce, que alguna vez, hace muchos años, tuvo el restaurante La Luna, pionero de la gastronomía del Bajo.

“La señora que hacía la limpieza del restaurante, que enceraba el piso todos los días con una meticulosidad increíble, me dijo algo que me marcó para siempre: Lo que hagas, que brille. De lo más banal a lo más complejo, con ese sentido habría que transitar por la vida”.