En Primera Persona

Carlos Reymundo Roberts se recuesta en la silla de un bar de La Horqueta y no oculta el entusiasmo al hablar de la muestra Viajeros en el tiempo, que se exhibe en el Museo Pueyrredón, San Isidro. Una iniciativa que comenzó a gestarse hace casi un año cuando Roberts llamó a Eleonora Jaureguiberry, subsecretaria general de Cultura de San Isidro, para compartirle una idea y un deseo: homenajear a Ignacio Ezcurra, el cronista de La Nación asesinado el 8 de mayo de 1968, en el barrio de Cholón, Vietnam, en ejercicio de la profesión.

“Lo que puse fue una semillita que, como toda semilla que cae en manos de Eleonora Jaureguiberry y su equipo, germinó y se convirtió en los jardines colgantes de Babilonia”, asegura el Prosecretario General de Redacción de La Nación, de 62 años y con más de 30 en el diario fundado por Bartolomé Mitre, donde se inició como cronista de rugby.

Lo que germinó finalmente fue Viajeros en el tiempo. Ignacio Ezcurra y la tradición de la crónica, que con la colaboración de La Nación y el auspicio del Grupo Asegurador La Segunda ofrece un fascinante recorrido por la crónica entramada en textos, pinturas y fotos, desde los viajeros virreinales del siglo XVIII hasta el trascendental trabajo de Ezcurra, definido por Manuel Mujica Láinez como un periodista absoluto.

Una muestra para recorrer, disfrutar y con magníficos textos de sala del propio Roberts. Textos que dan cuenta de su mirada aguda sobre un género que transita con solvencia y también de su admiración por Ezcurra, cuyos trabajos forman parte de sus clases de periodismo.

“Cuando Eleonora Jaureguiberry me propuso escribir los textos de sala de la muestra le dije inmediatamente que sí… pero de ¡puro inconsciente! Nunca lo había hecho y pensaba que era fácil. Y no lo fue, para nada. Hay que usar un lenguaje directo, despojado, sencillo, que esté totalmente en función de lo que se expone. Al que no le debe sobrar ni faltar nada, y que al mismo tiempo sea atractivo. ¡Me hizo transpirar!, pero me encantó hacerlo”, sostiene Roberts.

Viajeros en el tiempo se inicia desde lo cronológico con la primera crónica visual y relatada que se conoce del Río de la Plata, una serie de acuarelas anónimas y prácticamente inéditas de un viajero o viajera que a fines del siglo XVIII registró costumbres rurales de la época virreinal. Láminas en las que Roberts se detuvo especialmente el día de la inauguración.

“En esas acuarelas de trazos naif y con epígrafes al pie, casi como un Wikipedia, como alguien las definió aquel día, descubrí a un verdadero cronista, hombre o mujer, con la necesidad de mirar, conocer, retratar y contar. Esa es la labor del cronista. El trabajo, la diversión, la vestimenta, los entretenimientos, los paisajes. Toda la vida reflejada en esas láminas de enorme valor histórico y que conversan muy bien con el resto de la exposición -comenta Roberts-, donde la crónica aparece bajo distintos formatos o, como diríamos hoy, bajo distintas plataformas, un texto, una carta, un dibujo, una pintura, una fotografía”.

Fanático de la vida y obra de Ezcurra, Roberts no deja de sorprenderse por la capacidad de Ignacio para manejar admirablemente bien la escritura y la fotografía. “Tenía tantas ganas de atrapar y profundizar en la realidad que parecía que con el texto sólo no le alcanzaba, debía captarla además con una cámara de fotos. Con esta muestra, Ignacio Ezcurra, cuyo cuerpo nunca más apareció, regresa a San Isidro, su ciudad, por la puerta grande de una casona entrañable, que basta conocerla para enamorarse”.

El famoso Reportaje al poder negro, “lo mejor de su producción periodística”, y las entrevistas a Robert Kennedy, Martín Luther King y Rap Brown, alimentan la charla. “Era un jovencito llegado desde la remota Argentina que se animaba a entrevistar a los grandes líderes de Estados Unidos en pleno conflicto por los derechos civiles. Todo lo que él hizo con sólo 28 años y en seis de periodismo a muchos nos hubiese llevado toda una vida o, más aún, muy probablemente nunca hubiésemos podido alcanzar las cumbres que él alcanzó”.

Sonriente, Roberts dice que en su lápida lo único que va a figurar es su nombre, “pero si quieren agregar algo más pongan cronista, no Prosecretario General de Redacción de La Nación”. Con esa pasión vive y transita la crónica este vecino de La Horqueta, definido por Jorge Fernández Díaz, colega y compañero del diario, como el gran cronista del delirio argentino, en referencia a su columna de sábado De no creer, próxima a cumplir nueve años, que refleja con una singular mirada la agitada vida política argentina.

“El humor, la ironía y la mordacidad, sumados a la ficción, fueron apareciendo en la columna en forma gradual, casi sin intencionalidad. Es un formato que me permite contar la realidad argentina de un modo que bajo los estrictos y tradicionales cánones del periodismo me sería imposible hacerlo. De todas formas –resalta-, como soy periodista, el insumo de esa columna y de todos mis textos es la información pura y dura”.

Hace más de tres años, más allá de sus altas responsabilidades en la Redacción, Roberts decidió volver a la crónica para escribir historias de fondo del país, de más de 15.000 caracteres. Notas que se publican cada dos meses, aproximadamente, comienzan en la tapa y pueden ocupar hasta dos páginas sábana. Todo un desafío en tiempos de vértigo y Twitter.

“Estas notas, como otros del estilo que publica el diario, se leen mucho en la Web. La gente sigue buscando material digno de ser leído, bien trabajado y con fuentes confiables. Esto pasa en todos los diarios del mundo, debido a que las audiencias de hoy son enormes y diversas, y todas tienen el material que buscan y desean. Los textos de largo aliento no compiten con el tuit del flechazo, conviven”, sentencia Roberts, que a propósito de cumplirse los 50 años de la muerte de Ezcurra, volvió a releer sus textos.

Una tarea que lo llevó a una conclusión: situarlo como uno de los fundadores en la Argentina del Nuevo Periodismo, que conoció mientras estudiada en Estados Unidos, donde esta corriente se originó a partir de la pluma de Tom Wolfe.

“Ignacio pone en práctica el Nuevo Periodismo de un modo extraordinario. Escribía en primera persona, algo muy inusual en esa época, menos aún en La Nación, narraba las acciones con lenguaje cinematográfico y describía personajes y lugares de un modo soberbio. Con su enjundia, su hambre y curiosidad por conocer, con su audacia y también con su intrepidez –concluye Roberts-, Ignacio derribaba puertas, veía, tocaba, escuchaba, olía. Así, de lleno, se zambullía en las historias que luego volcaba al texto de un modo único, vivo y palpitante”.

+ Viajeros en el tiempo puede visitarse hasta el 9 de diciembre, los martes y jueves, de 10 a 18, y los fines de semana, de 15 a 19. En Rivera Indarte 48, Acassuso. Entrada gratuita.