En Primera Persona: finalista del premio el Man Booker International 2019 y a poco de su paso por la feria Leer

Samanta Schweblin se sienta a la mesa, en la galería del Museo Pueyrredón, y se abre, generosa, al diálogo. Está feliz y se le nota. A días de su participación en la feria Leer. Literatura En El Río, organizada por la Subsecretaría General de Cultura de San Isidro, junto con el editor y librero Fernando Pérez Morales, del sello Notanpuan, recibió una gran noticia. Su libro de cuentos Pájaros en la boca acababa de ser preseleccionado en uno de los premios más prestigiosos del mundo, el Man Booker International 2019, que se otorga en Gran Bretaña a libros publicados en inglés (en este caso es una traducción) y que alguna vez se llevaron Alice Munro y Philip Roth. Ligas mayores de la literatura que a Schweblin no le son ajenas.

“Estoy más tranquila que en 2017, cuando Distancia de rescate (una novela que fue editada en 23 idiomas y relata la pesadilla de una madre y su hija en unas vacaciones campestres y tóxicas) quedó en la short list del concurso. Pero estas cosas siempre son inquietantes, una no sabe bien qué puede pasar, qué tiene que hacer ni cómo comportarse. Y creo que también estoy más contenta por el género. Es muy difícil ver un libro de cuentos en esas listas. Para mí es un orgullo poder llevar ese género tan alto.

Schweblin aún no lo sabía, pero la mayoría de los libros preseleccionados, según la propia organización del certamen, pertenece a mujeres y fueron editados por sellos independientes. Se sorprende, pero no tanto.

“En los últimos años se abrieron muchas puertas para la literatura escrita por mujeres, que están publicando libros extraordinarios. Creo que las mujeres están encontrando su espacio del mejor modo posible, no porque en esos sitios deba estar la otra mitad de la humanidad, sino porque la literatura que hacen es excelente, y es así también porque es una literatura de minorías. Las minorías siempre traen voces nuevas, ideas frescas, maneras nuevas de contar la vida muy potente.

Samanta nació en 1978, se crió en Hurlingham, estudio en un colegio alemán, vivió varios años en la Ciudad de Buenos Aires y pasó por varias ciudades del mundo antes de recalar en 2012 y por una beca en Alemania. Asegura que apenas conserva algunos recuerdos vagos de San Isidro, vinculados con paseos junto a sus abuelos, que eran de Vicente López, y que está gratamente sorprendida por el Museo Pueyrredón, que no conocía.

“Debo confesar que no había tenido noticias de la primera edición de Leer, pero es una alegría enorme participar en este festival, qué sé que está muy bien organizado, con presencia de autores locales y de otros llegados del exterior, y que convoca a muchos lectores. Es muy destacable que empiecen a surgir este tipo de encuentros literarios por fuera del circuito de la Capital.

El lema de este año de Leer es Viajeros, ¿cómo te resulta la lejanía en relación con la escritura y eso de escribir en castellano rodeada del alemán?

“Muy lentamente fueron cambiando algunas cosas. Los dos primeros libros que escribí en Alemania fueron los cuentos de Siete casas vacías y la novela Distancia de rescate, que en gran parte habían sido pensados en Buenos Aires, son libros que escribí con los pies acá. Con la novela Kentukis, mi último libro (en el que narra un mundo con seres humanos que poseen o habitan mascotas electrónicas, artefactos con forma de animales de peluche que permiten el acceso remoto a las vidas privadas de sus dueños), empiezo a detectar cosas nuevas e inesperadas para mí. Escribir en español rodeada del alemán es medio extraño y bonito, a la vez, porque por momentos parece que el español fuera una cosa exclusivamente mía, algo que me invento yo para escribir, ¿no?, que sólo me pertenece a mí (se ríe)… Mi español porteño se ha añejado un poco. Siete años no es nada y es un montón. Entonces, llego a Buenos Aires y descubro muchas palabras, modismos y formas de decir algunas cosas totalmente nuevas. No las incorporo. En general, me mantengo con un español muy neutro, el que se habla en Berlín, pero noto que mi español se modificó en todas sus esquinas. Por eso, a la hora de escribir me encuentro un poco negociando mi español, entre el que hablaba antes de partir, el actual y el que se habla en Berlín.

Samanta vive en el barrio de Kreuzberg, que supo ser el barrio turco, se fue transformando en zona cool, dejó atrás los okupas, atrajo artistas y subió por las nubes sus alquileres. A 20 minutos de su casa tiene la biblioteca iberoamericana más importante de Europa. “¡Un espectáculo!, hasta hay libros de las cartoneras”, exclama Samanta, que se formó leyendo a los estadounidenses y asentada en el Viejo Continente se reencontró con la tradición literaria en su lengua primaria, de la que se había alejado y en la que hoy se reconoce.

“Yo tenía una biblioteca bastante grande en Buenos Aires, pero aquí quedó. Hay un montón de libros que no he vuelto a comprar, porque están acá y otros tantos que tengo en Alemania. Mi biblioteca es un poco como mi vida, dos mundos que encastran, que por momentos se pisan y por momentos no.

¿Sos de comprar y leer literatura vía digital?, sería parte de una solución a ese problema de la biblioteca partida en dos.

“Puedo leer alguna cosa, pero en realidad lo que hago es medir si ese libro me interesa o no. Cuando algo me resulta interesante necesito tenerlo en las manos, poder doblar las páginas, subrayarlas, marcarlas. Entiendo que es un deseo muy burgués, y sé que no todo el mundo puede hacer eso, pero mientras pueda…. Necesito el libro en las manos.

De padres que le leían y abuelos artistas plásticos, a los 12 años dejó voluntariamente de hablar porque, dijo alguna vez, la frustraba el lenguaje. “Me fastidiaba la distancia que había entre lo que yo quería hacer, transmitir, y lo que finalmente llegaba al otro”. Lo cierto es que Samanta tomó justamente el camino de las palabras, pero escritas. Y lo bien que hizo. En 2002, con su primer libro, que es de cuentos, El núcleo del disturbio, ganó el primer premio del Fondo Nacional de las Artes y nunca más paró. Ni de escribir ni de ser reconocida. Del Juan Rulfo de Francia y Casa de las Américas de Cuba al Ribera del Duero de España y al Shirley Jackson de Estados Unidos, entre otros.

El horror en lo diario y cotidiano ocupa un lugar importante en tus historias, ¿realmente los seres humanos vivimos emparentados con el horror y el peligro tan de cerca, tan mano a mano?

“Eso es muy personal, en mi vida no me siento al límite del horror constantemente. Para mí, la literatura es el espacio donde podemos hacer el ejercicio de cómo enfrentarnos con nuestros peores horrores y miedos, estos monstruos gigantes que nos amenazan. Tal vez en la vida real esa amenaza no aparece de una manera muy concreta, pero están ahí, seguro, y uno se hace preguntas alrededor de ellos, toma decisiones bajo sus influencias o dice cosas que no debería. Todo el tiempo esa oscuridad está entre nosotros. En mi criterio, la literatura es el espacio para practicar como respondería y podría sobrevivir a determinadas situaciones amenazantes. No tendría sentido para mí escribir cosas bonitas, prefiero indagar en esas oscuridades.

Para Samanta, de pluma inquietante, el texto está atado a una cosa material vinculada con la tensión. Una especie de hilo imaginario que se va tensando. En una punta el escritor y en la otra, el lector, ambos tirando hacia su lado.

“Es como una suerte de contrato con el lector. Pienso que el hilo nunca debería estar en el piso, debe estar tenso, presente, pero no la tensión del thriller, del horror, del descubrimiento del asesino o de la inminencia de que algo malo va a pasar. Es esa tensión que se da cuando estás leyendo un libro y tenes la clara sensación de que en cualquier momento la historia te va a develar algún tipo de información vital que va a cambiar tu vida o tu manera de pensar. Es una tensión que tiene que ver con los descubrimientos más profundos, emocionales, vitales. Necesito como lectora, y supongo que también como escritora, esa inminencia latiendo siempre en el fondo.

A la espera y con todas las ganas de quedar en abril entre los seis finalistas del Man Booker, cuyo ganador se anunciará el 21 de mayo en una ceremonia en Londres, Samanta asegura que no está embarcada en un proyecto literario próximo, porque aún siente que está soltando Kentukis. Se define en estado de búsqueda, aunque reconoce que siempre se la encuentra escribiendo cuentos, en el ejercicio de ese género, cuentos que no necesariamente serán parte de su próximo libro. Libros que giran por el mundo, como Distancia de rescate, que pronto llegará a la pantalla grande y cuyo rodaje comenzó este año, bajo el mando de la reconocida Claudia Llosa, peruana y también escritora. Para Schweblin, que estudió en Buenos Aires la carrera de Diseño de Imagen y Sonido, es una especie de vuelta a un terreno conocido.

“En esos tiempos tuve algunas experiencias muy frustrantes, me estafaron. Entonces, me dije: acá no hay cariño por lo que se hace, esto no es para mí. Eso, sumado al amor desenfrenado por la literatura, me convenció de divorciarme del mundo del cine. Por eso, ahora hablo de un reencuentro y en los mejores términos, con una novela mía, escribiendo a cuatro manos con la directora durante casi un año y en un trabajo en la que me sentí partícipe de punta a punta, hasta fui consultada por el casting de las locaciones.

Las películas se estrenan y en la inmensa mayoría de los casos, al poco tiempo, no se habla más de ellas, a diferencia de los libros (los buenos) que siguen circulando por el mundo.

“Es verdad, porque vienen las traducciones, entonces todo empieza a mezclarse de a poco, estás viajando a Praga para presentar Distancia de rescate y luego a Estados Unidos para Pájaros en la boca y vuelvo a Alemania para Kentukis. Es muy curioso, porque hay cosas que una ya da por cerradas y no tiene tantas ganas ni interés de pensar. El mundo literario y editorial nos plantea un gran ejercicio de volver atrás y repensar, pero la cabeza que piensa ese libro ya no es la misma cabeza que lo escribió. Pájaros en la boca lo escribí hace diez años y ahí está.

Hablando de ese cuento, ¿de dónde surgió la idea de la niña que come pájaros?

“Surgió de la imagen de una adolescente que se estaba tapando la boca y tenía la mano manchada de roja. Evidentemente, ella había agarrado algo con sangre. Por un momento me confundí y pensé: No será que la sangre está en la boca. Por la cornisa de sus labios asomaba una sonrisa que imaginé muy Mona Lisa. Por un lado, te dabas cuenta de que estaba aterrada por lo que acababa de suceder, pero por el otro,  eso que acababa de suceder la había hecho muy feliz. Era una sonrisa pícara, la del descubrir algo nuevo, que tal vez antes le parecía monstruoso. Fue una imagen que me interesó mucho y empecé a trabajar alrededor de ella.

¿Y qué le había sucedido?

“Nunca lo supe, porque me topé con esa imagen mientras hacía zapping en la televisión y jamás pude volver a verla. Debe haber sido la imagen de alguna película de terror de clase B o algo por el estilo.”

 

+ Hoy, sábado, a las 15.30, Samanta Schweblin se presentará en conversación con Cecilia Szperling, durante la feria Leer. Literatura En El Río, que se realizará este fin de semana en el Centro Municipal de Exposiciones, Del Barco Centenera y el río, con entrada gratuita.