Desde hace más de 30 años, para Coco Romero, investigador, músico, escritor y docente, el Carnaval es su principio rector. Sindicado como uno de los principales referentes al momento de hablar de la murga porteña, Coco viajó por el mundo con esos estandartes a cuestas y desde hace décadas difunde y coordina los talleres de murga del Centro Cultural Rojas (UBA). Su veta musical también dejó su impronta: en 1978 formó el mítico grupo La Fuente, que fusionaba folclore, murga y líricas contra la dictadura militar, y con el que fue telonero de Spinetta, llenó Obras y tocó en Racing. En abril subió con su cuarteto al escenario de los 109 años de Villa Adelina, su barrio, celebrados con música en vivo, actividades culturales, talleres, torta gigante, fuegos artificiales y mucho más.

“Soy un poco todo eso, me voy turnando, pero lo que más me gusta y disfruto es hacer música. Durante la dictadura formé un colectivo cultural con el que intentamos rescatar el Carnaval que había sido prohibido por los militares. Fue una lucha personal, de pibe había sido feliz en esos corsos y no podía concebir que a mis 20 años alguien pudiera prohibirlos.

“La murga es un espacio creativo del pueblo, el pueblo creativo que pinta, dibuja, lee, escribe; el pueblo que piensa. Claro que es un ámbito de protesta, pero no manejada, sino una protesta que fluye de las bases, de lo que la gente realmente piensa. Pero también es necesario divulgar valores, a nuestros talentos, como Atahualpa, Tuñón, a nuestros pintores.

“¿Qué atraviesa a todos los carnavales latinoamericanos?… la mitología dice que Momo es una deidad alegórica echada del Olimpo de los dioses por criticar. Eso aglutina a todas las murgas, pero además el Carnaval es un dispositivo de arte creativo donde aparecen la pintura, la plástica, la música, la danza, disciplinas que atraviesan con sus particularidades la identidad regional.

“Juan Bautista Alberdi escribió Canción para la Comparsa de Momo en 1835, Sarmiento viajó a Roma en 1850 para reunirse con el Papa y allí conoció el Carnaval que tanto lo entusiasmó. Él instauró el corso tal como lo conocemos hoy durante su presidencia de la Nación. Es decir, el Carnaval forma parte de nuestra esencia nacional. Un fenómeno de 120 años, que, paradójicamente, a muy poca gente le interesa estudiar. En Bolivia es Patrimonio de la Humanidad, y en Uruguay y Brasil son tremendas industrias culturales y turísticas, algo estamos haciendo mal en la Argentina.

Romero sabe de lo que habla. Escribió La murga porteña, Historia de un viaje colectivo; Talleres de murga del Rojas, el árbol genealógico; El Corsito (una publicación fundada y dirigida por él), Carnaval porteño, una historia en historieta (junto con Enrique Breccia), y Universo creativo del Carnaval, entre muchos otros títulos. También fue convocado este año por la Subsecretaría General de Cultura de San Isidro para presidir el jurado del último Carnaval de San Isidro, integrado además por Arturo Blas Bisogni y Aluminé Manteca Acosta, que convocó a unas 70.000 personas y a más de 3.000 artistas. Una propuesta de evaluación que permitió identificar las fortalezas y debilidades de los grupos locales, entregar dinero en efectivo a los ganadores y seguir apuntalando la profesionalización de cada uno de los elencos participantes.

“Me parece una excelente idea que San Isidro tienda un puente con los 25 colectivos culturales que participan del Carnaval. Se hizo una devolución muy detallada de los elencos que desfilaron en las dos jornadas [en Martínez y en Boulogne], en distintos aspectos, y ahora, como segundo paso, viene la organización de talleres creativos de capacitación…. Una de las cosas que más me llamó la atención fue la numerosa presencia de niños desfilando en las murgas. Eso es muy importante, la familia integrada alrededor del corso.

“Muchas de las personas que presenciaron el recital en Villa Adelina no conocían mis canciones, que no se escuchan en los medios, pero estuvieron muy atentas, disfrutaron e incluso varias se animaron a bailar. Es una forma de hacer gestión cultural para tener en cuenta, que no sólo piensa en lo marketing del espectáculo.

Coco es salteño. Nació en 1955 y su nombre completo es Gualberto Milagro Romero. De tatarabuelos de esa provincia y bisabuela bagualera, se crió en el barrio de Belgrano R. Con La Fuente editó tres discos y, además, tiene otros cinco como solista. En su último trabajo, Carta de Momo (2015), rescata poesías de Rubén Espiño, Roberto Santoro, Raimundo Rosales, Uki Tolosa y Jesús Pascual, entre otros, que reflejan los colores del Carnaval, pero también hablan de la vida, en un perceptible y ligero tono tanguero. Sonríe cuando dice que su llama musical sigue siempre viva y se pone serio cuando afirma que más que “pegar” un tema en las radios le interesa enterrar a fondo la pala en el campo de la cultura.

“Mi murga era Los Mareados de Belgrano R. Yo tenía doce años y ensayábamos en el terraplén de la estación. Fue la primera banda de música que vi tocar en vivo y me voló la cabeza. Empecé como bailarín raso, como siempre se empieza en una murga, de abajo. Me acuerdo que un año la murga no participó del Carnaval y entonces decidí salí con Los Pecosos de Chacharita. Como no era del barrio, cuando la policía me vio me llevó directo a la comisaría. Tenía 14 años y mi mamá tuvo que sacarme. 

Coco empezó a investigar el carnaval porteño en 1978, dos años después de la derogación militar de los feriados. Buceó en documentos y registros, y se enfrascó en la historia de Los Funebreros de San Martín y Los Viciosos de Villa Martelli, que nunca dejaron de salir, ni aún en los peores momentos del gobierno de facto, para completar su primer trabajo de campo.

“La murga es un fenómeno de orillas, de los bordes de la ciudad… Hoy sé que tengo que colaborar con los más jóvenes. Soy de una generación de transición, puente, la que tuvo que cerrar las heridas. Si hasta no hace mucho la gente pensaba que Momo era una marca de espuma. Fue necesario restaurar y entender que hoy no alcanza con el choripán, la espuma y los escenarios. Nos debemos un replanteo estético, ampliar el horizonte, dotar de contenido con bandas de percusión, circo, titiriteros, teatro callejero, coros. La murga debe funcionar como un centro cultural, con un lugar específico, contención y apuesta al crecimiento. Se puede y debemos construir algo distinto, pero siempre con la colaboración del Estado, porque la gente sola no puede.

“No existe el Carnaval sólo para murgas. Debe convertirse en un juego dónde podés ver a todos en un mismo lugar, el juego social más amplio que existe en términos de diversidad cultural. Debemos enriquecerlo y, en ese sentido, abrirles la puerta a los niños es clave. El niño debe jugar al teatro, al disfraz…, insisto, debe jugar. Lograrlo es apostar en serio al futuro.